Se enojan, te acusan de quererlos perjudicar con tus preguntas, de ser la voz encubierta de los intereses de otro (que no sería la sociedad, sino un agente maligno). Suben el tono de voz y te dicen, abiertamente, que el problema sos vos que no entendés. ¿Cómo puede ser? Si es tan sencillo como admitir que para hacer eso no hubo más justificaciones que mucho dinero, favores y promesas.

Entonces transpiran y hablan. Te recitan una catarata de frases sin lógica que intentan justificar lo injustificable. En pocos meses escuché: "ésta es una obra clave", "ocúpese de cosas más importantes" o "no es una ciudad para nostálgicos". Listo. Ahora el problema es que solicitarle a un funcionario que exponga las razones por las cuales mutilan un parque, construyen torres al pie del cerro, ignoran los límites de un código de planeamiento o ponen en peligro la estabilidad de un edificio histórico es de seres que añoran vivir como lo hacían sus bisabuelos en 1930.

Lo mejor es que algunos hasta creen que dar explicaciones es una afrenta a sus deberes de funcionario público. Claro, ellos están para cosas más importantes y de eso los ciudadanos no tienen por qué enterarse.

Así estamos, en una ciudad que no se proyecta a largo plazo pensando en quienes la habitan, donde se aprueban obras para caerle simpático a un grupo inversor y donde se le pasa la topadora a los árboles, al patrimonio y a usted, ciudadano, si no se corre.